La maratón de ser padre

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Reconocer que los primeros años de nuestros hijos son agotadores a nivel físico no quiere decir que uno los quiera menos, es simplemente constatar una realidad. Al reves, le da mucho más mérito. Quiero muchísimo a mis hijos y son lo más maravilloso del mundo, pero eso no quita que los primeros años a nivel físico sean muy cansados. No es comparable con ningún tipo de cansancio vivido antes de tener hijos. Hay que experimentarlo para saber de qué estoy hablando, ¿a qué sí papas?…

Ser padre no es facil

He ido de empalmada a trabajar después de una noche de juerga, me he levantado a las 4:30 para hacer etapas del Camino de Santiago de 30 km, he corrido medias maratones y maratones, etc., y nada, nada es comparable con el cansancio de los primeros años de ser padre. Cuando no tienes hijos y unos padres te cuentan lo cansado que es tener hijos, nada no tiene nada que ver, ni remotamente, con la realidad, aunque en ese momento piensas “que exagerados, será cansado pero podré con ello”. Y haciendo un paréntesis en mi relato, lo anterior me recuerda cuando una pareja sin hijos te dice “cuando tengamos hijos haremos blablablá blablablá” y te sueltan la típica parrafada del manual del perfecto padre. Por ejemplo “nosotros nunca le meteremos a dormir en nuestra cama” o “nunca le dormiremos en brazos” y piensas “si, si, cuando llevéis dos semanas sin pegar ojo, ya me contaréis”. Pero bueno, volviendo a lo que estábamos.

La maraton de ser padre

Ser padre es una de la experiencias más bonitas y gratificantes de mi vida.

Como iba diciendo, cuando nace tu hijo llega el momento de la verdad, durante los primeros años de vida de tu hijo el cansancio físico y tu sois inseparables. Tomas pharmaton o complejos vitamínicos como si fueran lacasitos, y bebes tanto café que casi sería mejor que te pusieran una sonda y podrías ser cliente platino de Saimaza. Si hasta ese momento no habías descubierto los beneficios de la siesta,  el fin de semana te vuelves un fan de ellas. Es una sensación de sopor casi permanente, es como cuando eras joven y el viernes te ibas a trabajar directamente tras toda la noche anterior de parranda; aguantabas pero te notabas pesado y mentalmente espeso. Pues así, pero no sólo un día, sino de forma casi permanente durante una larga temporada.

Descubres hasta dónde puede llegar la resistencia física, encuentras fuerzas cuando pensabas que habías llegado al límite, la frase de  Josef Ajram “no sé dónde está el límite pVuelta-al-trabajo-despues-de-largas-vacacionesero sí sé donde no está” adquiere todo su significado. Eres capaz de irte a currar y rendir semana tras semana  durmiendo una media de 4 horas, si llega; los fines de semana y festivos dejan de ser sinónimos de descanso (se acabaron esas tardes de domingo de palomitas y peli tirados en el sofa), al revés, el lunes empiezas más cansado, y vuelta a empezar (en algunos momentos, si te dijesen que te vas a pasar unos días en Guantánamo saltarías de alegría).  Descubres que ir a trabajar tampoco esta tan mal, pero que se acabó el llegar cansado de trabajar o tras un mal día y poder tirarte en el sofá con un aperitivo y charlar  con tu pareja mientras se calientan la pizza en el horno. Ahora llegas del trabajo y con el traje a medio quitar toca baños de los niños, dar cena y luchar por acostarles. A todo esto, hay que añadirle la preocupación y planificación de comidas equilibradas y variadas, de ver lo que han comido en el cole o en la guarde para no repetir, y eso día tras día (benditos los buffet libres cuando te vas de vacaciones), ya no vale recurrir al chino de la esquina o conformarse una simple ensalada y una lata de sardinas.

Y a todo esto, cuando te sientas en el sofá durante el poco tiempo que tienes y ves anuncios de mamas felices y contentas sin ninguna ojera y con pinta de haber llegado de un spa, jugando con sus bebes rechonchos y sonrientes encima de la cama, o madres que llegan del trabajo espléndidas y se ponen a preparar cena mientras su bebe, sentado tranquilamente en la trona, se toma la papilla sin mancharse. Y piensas “este anuncio no lo ha pensado un padre” o “me gustaría ver a esa madre en mi lugar” o “es una campaña encubierta del gobierno para fomentar la natalidad”…

Ser madre publicidad vs realidad

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Y ya no te dijo nada cuando este delicado equilibrio físico se rompe con ir a urgencias en mitad de la noche porque a tu hijo no le baja la fiebre (esto suele ocurrir más cuando eres primerizo, luego ya, con el segundo tienes un master en dalsy, apiretal e ibufrofeno) para que tras una larga espera y auscultación por parte del médico de guardia te diga “tiene fiebre, dele un antitérmico cada x horas y ya está”, es verdad que te quedas más tranquilo pero se te queda cara de tonto y por un momento piensas “para eso, si lo sé no vengo”. Al día siguiente podrías hacer de extra en Walking Dead sin necesidad de maquillaje.

Y cuando pasan los meses y piensas que ya se está terminando, el niño ya duerme del tirón, no necesita pañal, podéis salir a comer fuera sin que sea un calvario, ya tiene cierta autonomía, se adapta a vuestros horarios de comidas, ya puedes volver a desempolvar los mandos de la consola y a poder salir a correr a horas más normales, la sensación de cansancio permanente es casi un recuerdo del pasado, los niveles de cafeína en sangre han vuelto a casi a la normalidad, llega el segundo, y el ciclo empieza de nuevo. Pero como dicen en el circo “¡más difícil todavía!”. Tener un segundo hijo no es tener el doble de trabajo, no, no, es tener el triple. Cuando tienes uno te puedes relevar con tu pareja, lo que te permite tener ciertos momentos de descanso o de dedicación a otras cosas, pero con dos, eso se acabó, es uno para cada uno. Afortunadamente, dentro de lo duro, ya tienes el colmillo torcido y no cometes las novatadas del primerizo: se reducen las visitas a urgencias, no tardas media hora en cambiar un pañal, ya sabes lo que le pasa a tu hijo cuando llora, o si se le cae el chupete al suelo no corres como loco a esterilizarlo, lo pones debajo del grifo y punto, o simplemente aplicas “la regla de los 5 segundos” (un alimento u objeto que se caiga y permanezca menos de 5 segundos en el suelo no esta contaminado),  que según la Universidad de Aston es cierta, y se lo vuelves a poner, etc. lo que ayuda a hacerlo más llevadero.

Conclusión, ser padre una aventura maravillosa

¿Qué te hace aguantar tanto? el gran amor a tus hijos. El desgaste físico de los primeros años es algo inevitable, pero merece mucho la pena. Cuando te conviertes padre, se conecta un chip en tu interior que te hace entregarlo todo por tus hijos. Por muy cansado que uno esté, el entrar por la puerta de casa y ver como corren a abrazarte, o cuando se levantan por la mañana y oyes sus pasitos, vienen a tu cuarto y te dan un beso, o cuando son bebes y te dedican un sonrisa queriendo decirte “gracias papa por haber estado toda la noche en vela cuidándome”, o dicen “papa” o “papi” se te olvida todo, ahí está la energía que necesitas para superarlo todo. Y la gratificación de todo esto es verlos crecer día a día fuertes y sanos. Como me dijo un día un buen amigo, Arturo, que tenía dos hijos cuando yo aún no los tenía “ahora no entendería la vida sin mis hijos“, en ese momento no entendí el significado real de esa palabras, ahora sí.

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